31/1/10

Tomás Eloy Martínez, In Memoriam

Acaba de conocerse la noticia de la muerte del periodista y escritor argentino Tomás Eloy Martínez. Siempre lúcido, profundo y exquisito con la palabra, este Maestro de la Pluma nos deja como legado, además de sus artículos y sus obras literarias, varias lecciones sobre la forma creativa de hacer periodismo, comprometido con la verdad casi siempre trágica del momento, pero también con la esperanza del mañana.

Tristemente, este blog se me está convirtiendo en un espacio para guardar la memoria de algunos personajes entrañables que se han ido y esta vez no es la excepción. Por eso comparto con ustedes un breve texto que escribí en la revista Contexto, el año en que el escritor obtuvo el Premio Alfaguara de novela con "El vuelo de la reina", que gira en torno a uno de los elementos de la novela, sobre el cual tuve oportunidad de conversar con él.

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Mesías Gemelos: una novela frustrada de Tomás Eloy Martínez

El escritor revela uno de los secretos de “El vuelo de la reina”. La historia detrás de la novela.

"Hace dos años fui a México. Viajé sola, en ómnibus, con una mochila al hombro. Una mañana caí en Tonantzintla, a diez minutos de Puebla. Quería ver la pirámide de Cholula pero el ómnibus se desvió a ese lugar desierto. No había un alma: nada de farmacias ni cafés ni tiendas de artesanía. El páramo. Entré a una iglesia llena de ornamentos, sin un solo milímetro vacío. Todas las vidas que faltaban afuera estaban dentro, en las tallas de los muros. Había retablos, arcángeles como mascarones de proa y vírgenes. Cada una llevaba en brazos no un Niño Jesús sino dos. Algunas tenían cuatro pechos. Al salir, en el atrio, uno de los guías me vendió el evangelio de los valentinianos. Me quedé con ganas de escribir sobre los mesías gemelos”.

La confesión de Reina Remis a Camargo, el director del Diario en el que ella comienza su vida de redactora escribiendo la necrología del actor norteamericano Robert Mitchum, en la novela del escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez, “El vuelo de la reina”, es también en parte la confesión del autor.

“La historia de los mesías gemelos nació como idea para una novela en sí misma. Trabajé en esa investigación durante más de tres meses en la universidad de Princeton, con ayuda de estudiantes expertos en lenguas antiguas, leyendo manuscritos en copto y arameo. Esa universidad dispone de la mejor colección conocida de evangelios apócrifos, y muchos de ellos no han sido traducidos. Allí encontré los datos de los gemelos, que aparecían ligeramente en Mateo y fueron expurgados en la versión canónica”, cuenta Tomás Eloy Martínez, ganador este año del Premio Alfaguara de novela.

La referencia a los mesías gemelos aparece en varios momentos de la obra, dándole más fuerza al juego de dobles presente en el relato –la crónica de Poder de vida y muerte de Antonio Pimenta Neves que anticipa, casi literalmente, lo que ocurrirá luego con Camargo y Reina– y a la tensión entre el bien y el mal que, sin estar abiertamente expresado, subyace en la historia. El relato se construye también sobre el juego de los contrarios, no tanto de personajes sino de pasiones y sentimientos que afloran: deseo y rechazo, soberbia y compasión, poder y sumisión.

Reina aprovecha la necrología de Mitchun para escribir lo que quiere y no ha podido sobre los gemelos: “Según Reina, Mitchun se había entretenido con la lectura de algunos evangelios gnósticos durante la filmación de esa película (“La noche del cazador”). A través de las siete historias censuradas de los valentinianos que los arqueólogos Bickel y Von Holst exhumaron en 1943, supo que María, la hija virgen y adolescente de Joaquín y Ana, dio a luz no un hijo sino dos idénticos. Los gemelos se llamaron Jesús y Simón. Ambos habían llevado vidas paralelas, predicando a la vez en Galilea y en Siria; ambos fueron crucificados en ciudades distintas, acusados de conspirar contra el poder de Roma, y ambos también resucitaron al tercer día. Pero sólo uno de ellos era hijo de Dios. El otro era un impostor que cayó en el atroz pecado de soberbia al fingir una divinidad para la que no lo habían elegido. Su milagrosa y simultánea resurrección confundió a los evangelistas de ambos credos. Los valentinianos sugerían que el mellizo de Dios –o del hijo de Dios– era el demonio”.

La historia, por supuesto, es ficticia, aunque pueda sonar verosímil por el bien logrado estilo periodístico del autor. Toda la obra juega a la confusión y obliga a Tomás Eloy Martínez a incluir una nota final, insistiendo en que se trata de una novela, aunque cite con sus nombres a personajes claramente identificables y se incluyan lugares y sucesos que aparentemente ocurrieron en realidad. Ante la pregunta de si acude a la novela para tener la libertad de decir cosas que si se publicaran como notas periodísticas causarían escándalo, Tomás Eloy responde con afán: “Las novelas son, en sí, actos de libertad. Nunca pienso si parte de ellas podrían ser textos periodísticos. Supongo que no, porque nacen como necesidades narrativas”.

Esa libertad literaria hace que no le preocupe una posible reacción contraria de la iglesia católica, al tratar un tema que puede considerarse una herejía: “No creo que la Iglesia Católica reaccione, porque se trata de una novela, y demasiados problemas tienen ahora con los escándalos sexuales en los Estados Unidos. Si me tomara el inmenso trabajo de escribir un ensayo erudito sobre el tema, tal vez habría discusiones, pero no estoy preparado para eso ni tengo tiempo de hacerlo. Se requiere leer bibliotecas enteras”, anota.

Y sin embargo, surge otra vez la inquietud sobre la confesión de Reina, que ahora es la confesión del autor: “Visité la iglesia de Tonanzintla, en efecto, y me impresionó mucho lo que vi allí, porque ilustraba lo que ya había investigado. Como le dije, en algún momento tuve la idea de escribir una novela completa sobre los mesías gemelos, pero el proyecto quedó relegado. De modo que la confesión de Reina es un poco mía”. Al incluir los apuntes de su investigación, en las notas de un personaje de novela, Tomás Eloy Martínez rescata lo que puede de una novela frustrada. Se salva así de la suerte de su personaje, Camargo, quien en cambio no pudo rescatar nada al final de esa búsqueda frenética e inútil que se narra en esta novela del desamor.

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