22/9/09

El cuento de Silvia

Esa figura delgada con la que vestía su espíritu indómito daba la impresión de ser una armadura demasiado frágil para tanto coraje, tanta fuerza de carácter y tanta pasión por la verdad. Y sin embargo, era una armadura fiel que trataba de seguirle el paso sin abandonar su sombra por callejuelas empedradas, por jardines multicolores y por laberintos de papel, por donde solía pasear en los intervalos que le dejaba su dedicada labor de ratona de biblioteca o de rastreadora de las historias ocultas entre el olvido y la demencia.
No le convencía el cuento de que la lucha por la justicia era misión exclusiva de los caballeros andantes, émulos de Quijotes barbudos que se batían en duelo para agradar a sus Dulcineas. Por eso, en su época más temeraria, blandía su pluma en campos de batalla para desarmar el brazo de los poderosos y echar por tierra las murallas tras las cuales se escondía el fruto del saqueo y la expoliación de los más humildes. Cierto que muchas veces se sintió luchando contra molinos de viento, pero no por ello desfallecía en su empeño.
Había una especie de honorables y excelentísimos que le causaban especial repugnancia, porque aún con todas sus loas y perfumes no lograban engañar su agudísimo olfato, sensible al mal olor que producían las corruptelas. Algunos aseguran que la pasión la llevaba a cometer excesos, pero nunca hubo un personaje desenmascarado por su pluma que no mereciera estar en la picota pública, ya fuera herido por el dardo certero de su irreverencia e ironía crítica, o por la denuncia precisa, documentada al mínimo detalle para no dar lugar a dudas. En su verticalidad, no se medía en cálculos de conveniencias o intereses particulares, ni se arredraba por los peligros que representaban sus rabiosos enemigos encumbrados en castillos de oro mal habido y en cuarteles rodeados de perros entrenados para matar.
Cuando las páginas de los diarios se le hicieron estrechas para contar sus verdades, optó por la literatura y por la historia, en una mezcla de libertad y rigor que le permitió construir relatos humanos y profundos. Mujer en toda la extensión, dignidad y valía que esta palabra encarna, aún en medio del fragor de sus épicas batallas éticas, no la abandonaron la dulzura, ni su sonrisa franca, ni esa calidez y confianza que inspiraba entre los suyos y entre quienes fueron haciendo carrera a la luz de su ejemplo de guerrera solidaria, pero a quienes siempre trataba de resguardar de los riesgos que ella sí asumía, en lo que sin duda era una extensión de su rasgo maternal. También a ellas, a sus congéneres, dedicó buena parte de su labor investigativa y de la recreación histórica que plasmó en sus libros.
No se sabe qué cálculos hizo la Parca al revisar el hilo de su vida. Si la quería a su lado para desenredar la madeja o si consideró que ya estaba bien de luchas en esta tierra y tiempos prestados, o si, siempre vigilante y taimada, no pudo resistir el verla con las defensas bajas en una tregua de cariño, cuando disfrutaba del placer de redescubrir el mundo con los ojos de la inocencia que da el ser abuela, y aprovechando la fragilidad de esa armadura que había resistido mil batallas, se la llevó de repente, dejándonos huérfanos de su presencia mas no de su luz, que seguirá alumbrando las calles empedradas, los jardines multicolores y los laberintos de papel periódico.

A Silvia Galvis
Fotografía: Vanguardia Liberal

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