2/5/09

Vínculo común

Entre las muchas cosas que se derivan de la alerta mundial por el riesgo del virus A(H1N1) está el habernos recordado la interdependencia de los seres humanos y cómo lo que haga o deje de hacer alguien puede afectar a los demás, incluso a aquellos que pueden estar distantes y a quienes seguramente nunca conocerá. La tierra es nuestra aldea. Estamos conectados unos a otros, aunque a veces lo olvidemos. La muerte de menos de una veintena de personas, hasta ahora, fue capaz de paralizar un país tan grande como México y provocar la alarma general. Otras tragedias mayores, hasta ahora, no causaron tanto impacto. Sentimos el temor de que la profecía de los "12 monos" se vuelva realidad. Es el temor a lo desconocido. A aquello que no vemos, pero sabemos que existe, y mata. Es otro de los efectos que ha tenido esta alerta de pandemia: recordarnos la fragilidad en la que vivimos, aún con todas nuestras fortalezas.
Hay, por supuesto, muchos aspectos por analizar, algunos de los cuales apuntan a la responsabilidad de los gobiernos, de la comunidad científica, de los sistemas de atención de salud pública, de los "cultivos" de animales para su producción en masa, de las multinacionales farmacéuticas, del tratamiento informativo de los medios de comunicación sobre el tema. Pero hoy quería mencionar estos dos que, por obvios, los olvidamos: nuestra interdependencia y nuestra fragilidad.

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