10/07/11

El Adiós de Facundo

Publicadas por pablo a la/s 2:55 AM 0 comentarios
Facundo Cabral fue un hombre de bienvenidas. Pero también de despedidas. Hace diez años, cuando comenzó a presentir que estaba transitando el último tramo de su vida, empezó a despedirse de su público en los conciertos, como quien piensa que no va a volver, pero también con la secreta esperanza del retorno. Así, tentando a la muerte, la iba distrayendo hasta que aparecía de nuevo en los mismos sitios, pero por otros caminos, "porque lo seguro ya no tiene misterio", como decía en sus sermones acompañados de guitarra, que eran como una forma de refrescar la memoria, de tiempo en tiempo.
La última gira por ciudades colombianas la llamó "Adiós" y esta vez, la muerte le tendió una trampa para que fuera realidad. Sucedió en la madrugada del sábado 9 de julio en Ciudad de Guatemala, cuando se dirigía al aeropuerto internacional La Aurora con la intención de seguir su carrera de nómada del mundo. Este hombre, que amaba la paz, murió de una manera que ni él ni quienes seguíamos su vida de predicador errante imaginamos alguna vez que podía suceder: acribillado a balazos por un grupo de sicarios. A Facundo lo alcanzó el silencio que añoraba, aunque no dejó de compartir su mensaje hasta el último momento. El mismo mensaje que seguirá sonando en la memoria, a pesar de las balas asesinas.


Hasta siempre, Facundo
Por Teresa Rueda Forero y Pablo Emilio Buitrago*

De él se ha dicho de todo. Que es un vagabundo de primera clase. Que es un ángel sin escrúpulos. Un ciudadano del mundo que nació por accidente en Argentina. La versión divertida de la Enciclopedia Británica. Un tipo que todavía no sabe quien va más lejos: si la montaña o el cangrejo. El Woody Allen cristiano. El apóstol número trece de Jesús. Predicador de alcantarilla. Místico carnal. Anarquista. Médico del alma.
Él prefiere que lo llamen simplemente Facundo. Moderadamente argentino y exageradamente Cabral. El hijo de Sara. El inventor de sí mismo. Es un juglar moderno que piensa en voz alta ante el público, acompañado de una guitarra, y cuando se descuida termina cantando.
Ahora Facundo se está yendo. Y ya comenzó a despedirse. A su manera. En cada uno de los conciertos que le sirven de excusa para reencontrarse con las caras amigas, con las ciudades amadas. Lo hizo en Bucaramanga y en Cartagena, donde participó del cuarto brindis por los Niños de Papel, la obra del Padre Manolo que rescata en Colombia a los niños de las calles.
“Yo ya hice lo mío, más no puedo hacer”, dice Facundo Cabral, aunque secretamente sabe que en ese desandar que se ha propuesto le queda mucho camino. Al fin y al cabo, son más de cien países. Es como una trampa: el vagabundo que se despide, tendrá que seguir siendo vagabundo para desandar lo recorrido. Siempre, con una esperanza contra el olvido. “Creo que van a quedar algunas cosas mías en alguna gente, sí”.

Canción de vida
Desde los 17 años, cuando nació de nuevo a la vida por otro vagabundo que le enseñó el Sermón de la Montaña, son 47 años de andar cantando con los ojos bien abiertos. Tan abiertos que la mirada se le fue gastando en la contemplación de las maravillas del mundo y con el tiempo tuvo que usar gruesos lentes oscuros. “Yo veía como un animal, yo me gasté la vista. Veía todo. Si no he sido pintor ha sido por casualidad”, comenta.
Ahora, cuando sus ojos se quedan sin luz y parecen salirse de sus órbitas, la luz de su corazón se hace más intensa, tanto que llega a decir que muchas broncas del pasado no valían la pena. “El amor que siento por Colombia me autoriza a hacerles la misma pregunta que me formuló mi madre antes de morir: ¿Cuándo van a dejar de pelear para empezar a vivir? ¡porque no se pueden hacer las dos cosas a la vez!”.
Alguna vez estuvo tentado de abandonar su vida errante y anclar en San Andrés o en Providencia, donde pensaba crear un lugar de reunión, especialmente dirigido a los niños. “Hubiera invitado a gente de todo el mundo que para mí es inevitable conocer”, afirma. Pero su alma nómada fue más fuerte que sus momentáneos sueños sedentarios.
Admira la alegría de los colombianos, a pesar de tanta violencia. “Tampoco la violencia es una exclusividad de Colombia, la violencia es mundial. Lo que pasa es que de Colombia solamente se habla de las cosas más duras que pasan, en otros países se cuidan un poco más; son más cuidadosos en eso”, aclara.
Como Víctor Heredia, piensa que una canción no puede parar una bala, pero sí puede evitar que el hombre llegue a la situación extrema de una bala.
“Yo no puedo parar una bala, pero puedo evitar que el muchacho sea un soldado más, dispuesto a matar, eso sí. Creo que cualquiera que me escuche difícilmente está en la violencia. Y cuando digo soldado no estoy hablando de uniforme, porque hay gente que se esconde en el anonimato y no tiene un uniforme y sin embargo ama la violencia y quiere matar a cualquiera, porque realmente se odia. Un tipo que se quiere no puede matar a nadie, es más, va a cuidar la preciada vida de los demás. Yo canto por la vida, no por la muerte”.
Él mismo se siente salvado por la canción. “Yo hubiese sido mucho más violento si no me hubieran parado los tipos que me hicieron escuchar con sensatez algo muy directo como la canción de Yupanqui”, dice.

Testimonio que salva
Facundo Cabral nació en La Plata, Provincia de Buenos Aires, el 22 de mayo de 1937. Su padre Rodolfo abandonó el hogar cuando él era apenas un niño, lo que obligó a su madre Sara a emigrar con sus hijos a Tierra Del Fuego, sur de Argentina. Según su propio relato, cuatro de sus siete hermanos murieron de hambre y de frío. Creció como un niño marginal. Tuvo problemas de alcoholismo y estuvo recluido en un reformatorio.
A sus 14 años, un Jesuita le enseñó a leer y esa fue su primera tabla de salvación. Luego, a los 17, conoció a Simeón, el viejo vagabundo que además de enseñarle el Sermón de la Montaña, le hizo ver que él era un “Príncipe” porque era hijo de Dios, que es el “Rey” del universo. Y los hijos del Rey son Príncipes. De ahí en adelante emprendió su propio camino de búsquedas y hallazgos. “Era bastante pretencioso”, confiesa: “intentaba comprender a Kierkegard y leía la poesía de Whitman”.
El mensaje de sus canciones –“Aquel que trabaja en lo que no ama, aunque lo haga todo el día es un desocupado”-, su humor –“Ella dice que no puede vivir sin mí y yo la comprendo porque yo tampoco puedo vivir sin mí”-, su sabiduría –“San Francisco de Asís tenía una de las fórmulas de la felicidad: Deseo poco, y lo poco que deseo, lo deseo poco”- retuvieron en la vida a varios suicidas y ha sido la última gota que ha rebosado copas colmadas con vidas listas para despertar.
“Yo no subo al escenario a dar un ejemplo, ni quiero ser un líder, ni que la gente diga este tipo es maravilloso y luchó con su vida, no; yo simplemente doy un testimonio. Inevitablemente después sí es útil a mucha gente. Yo lo veo; si vas al camarín después de un concierto vas a ver gente que llega detrás y me dice ‘yo no me suicidé por usted’ o ‘yo dejé la droga escuchándolo a usted’. Eso lo escucho todos los días”, revela Facundo.

"Si se calla el cantor..."
El cantor se está despidiendo y al hacerlo es víctima de sus inventos. Él dijo: “En mi caso, si se calla el cantor no pasa nada” y tal vez tiene razón, si se calla Facundo... pues seguirá resonando su voz en el recuerdo porque cuando alguien logra hacer sonreír y reír a sus semejantes, cuando logra tocar esa fibra delicadísima del humor, libera inmediatamente del miedo y de todas las miserias afines.
“¿Vos crees que si se calla Guaraní el mundo se cae? Se murió Gardel ¿se murió el tango? Un día de estos no va a cantar más Julio Iglesias, ¿qué crees que le va a pasar al mundo?, nada. Hubo un Apocalipsis, ¿qué pasó?. Nada. Acá el que manda es Dios, lo que importa es que siga el planeta, la galaxia y el universo funcionando. Nosotros estamos de paso. Ese ratico ¿podés hacer algo?, no. Pero tampoco se trata de hacer sino de ser pleno. Dios no espera que hagas, yo no puedo hacer algo mejor que una mariposa, no me puedo hacer a mí mismo. Puedo cantar una canción, compartir con la gente, ser una buena persona porque me conviene, porque cuanto mejor persona soy, más sano soy”.
Por eso no tiene afán. Se despide de a poco, dando las gracias al público que siempre lo acompañó. “No me queda más que decir, en el último momento, gracias”. Al espejo que le devuelve su imagen cada mañana. “Sí, porque además yo llevo los últimos años viviendo de milagro. He estado muchas veces desahuciado, a mí me cuesta mucho vivir, para mí tiene un gran peso cada mañana”.
Un peso que se va haciendo liviano a medida que se acerca la hora del concierto y se encuentra de nuevo con los aplausos que reclaman su presencia. Manos anónimas que expresan la emoción del corazón y que aún no le conceden el derecho al silencio.
“Le pregunté alguna vez a Krisna Murti, un querido amigo y maestro, ¿hasta cuándo voy a cantar? Y él me dijo: hasta que te merezcas el silencio. Es decir, ahora que canto con ustedes, me parece que ya me merezco ese silencio que es estar todo el tiempo en la contemplación. Mi madre decía que en el silencio que continúa a la oración está la respuesta del Padre”.
A la hora de los balances, queda lo que se hizo, pero también lo que no se hizo. Como en el Testamento de Silvio. “¿Lo que no hice? No hice una casa, ¿qué te parece? Gran asignatura pendiente. Si hay un juicio, que no creo, Dios va a decir: Sentate ahí, dale un café acá al pibe. ¿Por qué no hiciste una casa? No Maestro, no... ¿Por qué no hiciste una casa? No, que quería conocer todo el planeta que Usted hizo tan fantástico... ¿Por qué no hiciste una casa? Seguro. Esa es una de las cosas”.
Lo que Facundo no sabe es que sí hizo la casa. No de ladrillos, sino de palabras. Sin cemento, pero con canciones. Con ventanas abiertas a la esperanza. Con un techo cubierto de alegría “que es el punto más alto de la fe”. Con puertas de par en par para la libertad. “La libertad la tenés que ganar a cada acto del día, cada día”. Una casa habitada de caricias, esas que lo empujan al adios definitivo. “Uno habla cuando no tiene a quien acariciar”. Una casa en la que por fin será sedentario y que habitará con otros seres que siguen vivos, aunque a veces se hacen los muertos.
Hasta siempre, Facundo.

*Publicado en agosto de 2001 en la Revista Contexto de Bucaramanga.

31/01/10

Tomás Eloy Martínez, In Memoriam

Publicadas por pablo a la/s 9:53 PM 0 comentarios
Acaba de conocerse la noticia de la muerte del periodista y escritor argentino Tomás Eloy Martínez. Siempre lúcido, profundo y exquisito con la palabra, este Maestro de la Pluma nos deja como legado, además de sus artículos y sus obras literarias, varias lecciones sobre la forma creativa de hacer periodismo, comprometido con la verdad casi siempre trágica del momento, pero también con la esperanza del mañana.

Tristemente, este blog se me está convirtiendo en un espacio para guardar la memoria de algunos personajes entrañables que se han ido y esta vez no es la excepción. Por eso comparto con ustedes un breve texto que escribí en la revista Contexto, el año en que el escritor obtuvo el Premio Alfaguara de novela con "El vuelo de la reina", que gira en torno a uno de los elementos de la novela, sobre el cual tuve oportunidad de conversar con él.

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Mesías Gemelos: una novela frustrada de Tomás Eloy Martínez

El escritor revela uno de los secretos de “El vuelo de la reina”. La historia detrás de la novela.

"Hace dos años fui a México. Viajé sola, en ómnibus, con una mochila al hombro. Una mañana caí en Tonantzintla, a diez minutos de Puebla. Quería ver la pirámide de Cholula pero el ómnibus se desvió a ese lugar desierto. No había un alma: nada de farmacias ni cafés ni tiendas de artesanía. El páramo. Entré a una iglesia llena de ornamentos, sin un solo milímetro vacío. Todas las vidas que faltaban afuera estaban dentro, en las tallas de los muros. Había retablos, arcángeles como mascarones de proa y vírgenes. Cada una llevaba en brazos no un Niño Jesús sino dos. Algunas tenían cuatro pechos. Al salir, en el atrio, uno de los guías me vendió el evangelio de los valentinianos. Me quedé con ganas de escribir sobre los mesías gemelos”.

La confesión de Reina Remis a Camargo, el director del Diario en el que ella comienza su vida de redactora escribiendo la necrología del actor norteamericano Robert Mitchum, en la novela del escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez, “El vuelo de la reina”, es también en parte la confesión del autor.

“La historia de los mesías gemelos nació como idea para una novela en sí misma. Trabajé en esa investigación durante más de tres meses en la universidad de Princeton, con ayuda de estudiantes expertos en lenguas antiguas, leyendo manuscritos en copto y arameo. Esa universidad dispone de la mejor colección conocida de evangelios apócrifos, y muchos de ellos no han sido traducidos. Allí encontré los datos de los gemelos, que aparecían ligeramente en Mateo y fueron expurgados en la versión canónica”, cuenta Tomás Eloy Martínez, ganador este año del Premio Alfaguara de novela.

La referencia a los mesías gemelos aparece en varios momentos de la obra, dándole más fuerza al juego de dobles presente en el relato –la crónica de Poder de vida y muerte de Antonio Pimenta Neves que anticipa, casi literalmente, lo que ocurrirá luego con Camargo y Reina– y a la tensión entre el bien y el mal que, sin estar abiertamente expresado, subyace en la historia. El relato se construye también sobre el juego de los contrarios, no tanto de personajes sino de pasiones y sentimientos que afloran: deseo y rechazo, soberbia y compasión, poder y sumisión.

Reina aprovecha la necrología de Mitchun para escribir lo que quiere y no ha podido sobre los gemelos: “Según Reina, Mitchun se había entretenido con la lectura de algunos evangelios gnósticos durante la filmación de esa película (“La noche del cazador”). A través de las siete historias censuradas de los valentinianos que los arqueólogos Bickel y Von Holst exhumaron en 1943, supo que María, la hija virgen y adolescente de Joaquín y Ana, dio a luz no un hijo sino dos idénticos. Los gemelos se llamaron Jesús y Simón. Ambos habían llevado vidas paralelas, predicando a la vez en Galilea y en Siria; ambos fueron crucificados en ciudades distintas, acusados de conspirar contra el poder de Roma, y ambos también resucitaron al tercer día. Pero sólo uno de ellos era hijo de Dios. El otro era un impostor que cayó en el atroz pecado de soberbia al fingir una divinidad para la que no lo habían elegido. Su milagrosa y simultánea resurrección confundió a los evangelistas de ambos credos. Los valentinianos sugerían que el mellizo de Dios –o del hijo de Dios– era el demonio”.

La historia, por supuesto, es ficticia, aunque pueda sonar verosímil por el bien logrado estilo periodístico del autor. Toda la obra juega a la confusión y obliga a Tomás Eloy Martínez a incluir una nota final, insistiendo en que se trata de una novela, aunque cite con sus nombres a personajes claramente identificables y se incluyan lugares y sucesos que aparentemente ocurrieron en realidad. Ante la pregunta de si acude a la novela para tener la libertad de decir cosas que si se publicaran como notas periodísticas causarían escándalo, Tomás Eloy responde con afán: “Las novelas son, en sí, actos de libertad. Nunca pienso si parte de ellas podrían ser textos periodísticos. Supongo que no, porque nacen como necesidades narrativas”.

Esa libertad literaria hace que no le preocupe una posible reacción contraria de la iglesia católica, al tratar un tema que puede considerarse una herejía: “No creo que la Iglesia Católica reaccione, porque se trata de una novela, y demasiados problemas tienen ahora con los escándalos sexuales en los Estados Unidos. Si me tomara el inmenso trabajo de escribir un ensayo erudito sobre el tema, tal vez habría discusiones, pero no estoy preparado para eso ni tengo tiempo de hacerlo. Se requiere leer bibliotecas enteras”, anota.

Y sin embargo, surge otra vez la inquietud sobre la confesión de Reina, que ahora es la confesión del autor: “Visité la iglesia de Tonanzintla, en efecto, y me impresionó mucho lo que vi allí, porque ilustraba lo que ya había investigado. Como le dije, en algún momento tuve la idea de escribir una novela completa sobre los mesías gemelos, pero el proyecto quedó relegado. De modo que la confesión de Reina es un poco mía”. Al incluir los apuntes de su investigación, en las notas de un personaje de novela, Tomás Eloy Martínez rescata lo que puede de una novela frustrada. Se salva así de la suerte de su personaje, Camargo, quien en cambio no pudo rescatar nada al final de esa búsqueda frenética e inútil que se narra en esta novela del desamor.
 

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